En qué momento hemos decidido jugar a los cromos con nosotros mismos. Las aplicaciones de ligar asfixian los compases que necesita el amor al convertir personas en producto. Incluso naturalizando la sensación de que si pasas página siempre existirá alguien mejor. Una fórmula mejorada. Más guapa, más simpática, más perfecta. Así vamos coleccionando fichas de cuerpos más que personas. Mejor si la foto es en bañador, claro. Los concursos de misses están desfasados mientras ya todos desfilamos sin necesidad de llevar colgada una banda de míster sonrisa bonita.
Y, entre tanto, el cortejo con la mirada ha pasado a ser ansiedad tras el móvil. Porque los tiempos hiperconectados que vivimos también van cambiando la forma de relacionarnos. Con sus ventajas. Y con sus prisas. No hace falta salir a encontrarse y descubrirse, solo basta con cribarse dando a un corazón o a una cruz como metáfora del casting perpetuo que es la sociedad de consumo. En la que todo hay que hacerlo bien a la primera. Porque no hay demasiada paciencia ni siquiera para el juego que va sembrando la complicidad. Lo queremos todo ya. No tenemos tiempo que perder, pues hemos normalizado eso de "vivir es urgente" y asumimos el pensamiento de que siempre hay una propuesta mejor en la siguiente pantalla. Resultado: tanta gente posando y, a la vez, tanta gente sola. Tantas opciones idílicas y, a la vez, tanto rechazo. Tanta oportunidad y, a la vez, tanta frustración por no acariciar la expectativa soñada. Un fomo emocional del que se aprovechan todas las aplicaciones. Más aún las que nacieron como puente para el amor. Aunque, a menudo, los usuarios terminen haciendo más honor a aquella película: ¿por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?
Pero no seamos mojigatos. Ni por el sexo ni por el amor. Estas apps, al final, se han convertido en la coartada implacable para reunir alegremente datos privados a manos llenas. Para hacer “match”, los usuarios deben rellenar un amplio cuestionario que va de la altura, el peso, color de ojos... a un abanico extenso de gustos íntimos. En las más depredadoras, hasta te piden información de vacunas o enfermedades crónicas. La criba de información provoca que estas empresas puedan terminar sabiendo más de nosotros que nosotros mismos.
Incluso, con la excusa de evitar suplantaciones de identidad, te animan a verificar tus fotos escaneando tu cara. Tenemos más imágenes para ti de ti. Más información que cedes sin rechistar al aceptar las cookies con toda la ilusión de imaginar quién te está esperando al otro lado de la aplicación. Ese alguien que estará tan emocionado como tú. Aunque, al final, quede perdido entre la marabunta de tantos cromos que somos y que nos coleccionan las empresas tecnológicas creando un álbum. Un catálogo de métricas de personas reducidas a productos con su forma de ser y actuar. Por qué lo llaman amor... cuando quieren decir el poder del datos. Nuestros datos.


