Hay canciones que acaban teniendo una segunda, una tercera o incluso una cuarta vida. Eso es precisamente lo que ocurrió con Freed from Desire, el himno eurodance que la italiana Gala Rizzatto, conocida simplemente como Gala, lanzó en 1996. El tema se convirtió rápidamente en un fenómeno internacional, encabezó las listas en varios países europeos y vendió millones de copias gracias a un estribillo que, casi tres décadas después, sigue siendo inconfundible.
Antes de aquel éxito, Gala había estudiado fotografía en Nueva York y se había interesado por el arte contemporáneo, una faceta creativa que siempre ha reivindicado. Su propuesta musical también se alejaba de la imagen prefabricada de muchas estrellas del eurodance de los noventa: escribía sus propias canciones y buscaba transmitir un mensaje más profundo. De hecho, Freed from Desire nació como una crítica al materialismo y defendía la idea de que la libertad y el amor valen más que las posesiones.
Tras aquel primer bombazo llegaron otros sencillos de enorme repercusión, como Let a Boy Cry y Come Into My Life, consolidando un debut que convirtió a Gala en una de las voces más reconocibles de la música de baile europea de finales de los noventa.
Sin embargo, el enorme éxito comercial no vino acompañado de una carrera convencional. Gala desapareció poco a poco de los grandes focos durante los años 2000, aunque nunca abandonó la música. Se trasladó a Estados Unidos, apostó por la independencia artística y comenzó a publicar trabajos con su propio sello, rechazando seguir el modelo de las grandes discográficas.
Mientras tanto, Freed from Desire vivía una nueva juventud completamente inesperada. A partir de 2016, la canción fue adoptada por aficionados al fútbol de toda Europa gracias al famoso cántico dedicado al delantero Will Grigg. Desde entonces, el tema se ha convertido en un himno habitual en estadios, competiciones deportivas e incluso manifestaciones y protestas internacionales, hasta el punto de que muchas personas conocen la melodía sin saber quién la interpreta.
Paradójicamente, esa enorme popularidad volvió a poner sobre la mesa un problema que la cantante llevaba años denunciando: los derechos de explotación de la canción. Gala ha explicado en numerosas ocasiones que firmó un contrato muy desfavorable cuando comenzaba su carrera, al punto de que ella lo ha llamado "el peor contrato de la historia de la música", afirmando que llevan años robándole royalties y que apenas ha recibido una parte de los beneficios generados por uno de los mayores éxitos del eurodance europeo.
Gala continúa componiendo, actuando y defendiendo el control sobre su obra. Vive entre proyectos musicales independientes y actuaciones en festivales, donde Freed from Desire sigue siendo el momento más esperado del repertorio.
En 2024 volvió a situarse ante millones de espectadores al interpretar la canción durante la final del torneo femenino de fútbol de los Juegos Olímpicos de París. Y en 2025 fue noticia por otro motivo: concedió varias entrevistas en las que relató las dificultades económicas derivadas de aquel contrato firmado en los noventa. Según explicó, durante años ha vivido con recursos muy limitados pese a que su canción sigue sonando en todo el mundo y generando nuevas versiones, remixes y sincronizaciones.
Al mismo tiempo, logró una pequeña victoria legal al obtener el derecho a grabar de nuevo Freed from Desire, un paso importante para intentar recuperar parte del control sobre su mayor creación. En sus redes sociales continúa anunciando actuaciones, apoyando causas sociales y manteniendo el contacto con un público que, curiosamente, no ha dejado de descubrir su música gracias a las redes, los eventos deportivos y las plataformas de streaming.
La historia de Gala demuestra que un éxito mundial no siempre garantiza estabilidad económica. En su caso, la artista que puso banda sonora a media Europa en los noventa sigue peleando casi treinta años después para que la canción que la hizo famosa también le permita disfrutar plenamente de los frutos de su propio trabajo.



