La caída de los influencers ha sido uno de los temas del verano. Al menos, para los propios influencers. Sí, porque han sido los influencers los que más han hablado del fin de los influencers. Ya sabíamos que era un mundo tremendamente egocéntrico, pero, además, para mantener eso que llaman engagement, el algoritmo les obliga a alimentar sus redes de contenido constante. Cualquier tema es válido. Incluso especular sobre su agonía.
La polémica se ha naturalizado perversamente como atajo a la visibilidad. Y la fórmula de “más morbo, más audiencia” se utiliza en múltiples versiones: “más victimismo, más audiencia”, “más chulería, más audiencia”, “más hate, más audiencia”. Así los influencers han ido perdiendo el respeto a la cámara. Ya no solo basta con mostrar sus trucos antienvejecimiento: sus cremas, su piscina infinita, su smash burger, su bola de helado a 10 euros... Ahora, también, deben de ser comentaristas de cada suceso de actualidad. Ha calado demasiado la frasecilla de “todas las opiniones son respetables” y hasta su audiencia pide que se mojen en todo tema sensible. De incendios a Ceuta. O, de lo contrario, algunos osados followers hasta exclamarán que no están implicados con el mundo en el que viven. Qué sabrán ellos.
Todas las personas son respetables. Todas las opiniones, no. Porque las opiniones sin conocimiento no sirven de demasiado. A estas alturas, deberíamos saber que no se puede equiparar una opinión de un científico con un fan de la conspiración. Pero la viralidad las pone al mismo nivel. Y los propios influencers acaban creyéndose con potestad de sentenciar incluso sobre aquello que no tienen ni idea. Como si estuvieran en el bar a la hora del vermú. Allí todos nos hemos ido de la lengua alguna vez. Pero allí no tenemos la responsabilidad de estar frente a millones de personas. Sin embargo, muchos influencers desconocen criterios éticos de los medios de comunicación de masas en los que se han convertido de forma autodidacta. Y ni se percatan de que sus perfiles en redes pueden transformarse en plataformas al bulo si se contagian de la irritación y deciden propagar prejuicios en vez de ideas contrastadas.
De tal irresponsabilidad ha nacido el conflicto de “la caída de los influencers”. Que ellos también han exprimido, claro. La demagogia ya no se castiga, ahora "vende". Es el nuevo cotilleo que se retroalimenta a sí mismo para hacerse más fuerte desde el sensacionalismo del “es el acabose”. Muy Telecinco de antes, por cierto. Muy del Telecinco que la gente dejó de creer. Pero los influencers no van a desaparecer. Solo que iremos aprendiendo sus tácticas. Como nos pasó con Mediaset. Y, entonces, contemplaremos sus trivialidades con menos fe ciega y más espíritu crítico. Al tiempo.



